Cantar desde dentro del horror.

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MÚSICA EN LAS CÁRCELES FRANQUISTAS

Un artículo de Jose Durán Rodríguez

En 1940 Juana Doña se encontraba presa en la cárcel de mujeres de Ventas (Madrid) y desde su ventana veía los ensayos del coro, como recordaría en 1978 en el libro Desde la noche y la niebla. Mujeres en las cárceles franquistas. Unas cuarenta reclusas –entre ellas cantantes de ópera, profesoras de música, violinistas y aficionadas– lo habían formado un año antes y en mayo de 1939 ya habían actuado en la prisión, por el bautizo de tres niños nacidos allí. En el concierto interpretaron himnos nacionales, con el brazo en alto.

La música resonó con fuerza dentro de los muros de las cárceles durante los primeros años de la dictadura franquista, especialmente entre el final de la Guerra Civil y 1945. Como en el caso del coro de Ventas, la actividad musical prisionera «ejerció distintas funciones», explica a Diagonal Belén Pérez Castillo, profesora del Departamento de Musicología de la Universidad Complutense de Madrid y autora del artículo ‘Redención’: La función propagandística de la música en las cárceles franquistas (1939-1945), incluido en el ensayo Música y prensa. Crítica, polémica y propaganda (Difácil, 2015), coordinado por Enrique Encabo.

Frente a las terribles condiciones de las cárceles de la posguerra, la música constituyó, según esta especialista, un consuelo y una manera de reclamar lo colectivo ante la soledad de la persona expuesta a la reclusión forzosa, el hambre, la enfermedad, el maltrato y la pena de muerte.

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