«YO NO SOY MÚSICO PERO ESTOS SON UNOS FENÓMENOS»  

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UNIDAD DE MÚSICA DEL MANDO AÉREO GENERAL

Centro de Servicios Sociales «Hospitalillo de San José», Getafe, 20/05/2024. XXVII Encuentro «Maestro Francisco Aguado». Unidad de Música del Mando Aéreo General. Director, teniente coronel músico Ramón Benito Pérez. Obras de Kéler, Reed, Jessel, Martín, Soutullo y Vert, Vives, Márquez, Chapí, Miyagawa y Alonso.  

Antonio Santodomingo Molina / tiempo estimado de lectura, 10 min.

Empezando esta reseña por el final del concierto, el coronel jefe de la Agrupación del Acuartelamiento Aéreo (ACAR) en Getafe, José Cebrián Carbonell, agradeció a los representantes municipales getafenses la invitación que anualmente reciben los músicos de Aviación, para participar en el encuentro de bandas «Maestro Francisco Aguado». La seriedad institucional no le impidió cierta espontaneidad al mostrar en público su satisfacción con los profesores de la banda con esta frase: «¡Yo no soy músico, pero estos son unos fenómenos!». Cebrián se acababa de contagiar con el entusiasmo del público que alcanzó su máximo apogeo en los bises, ya que el teniente coronel músico Ramón Benito no necesitó mucha insistencia para que cantaran el celebérrimo pasodoble de Las Corsarias «Allá por la tierra mora…». Aunque, ya hubo algún escarceo con el primer bis, en el que el japonés Akira Miyagawa (1961), junta a Beethoven y Pérez Prado en una chispeante fusión de la 5ª sinfonía con el Mambo nº 5. Aquí, el público getafeño se arrancó con el famoso «MAAAAAAAMBO, IU!!!» que Pérez Prado popularizó a mediados del siglo XX, desatando la llamada mambo manía. 

Con la marcha de corte austriaco Mazzuchelli Marsch, op.22 (1857), también conocida como Apollo March del húngaro Béla Kéler (1820-1882), se inició el concierto. Los austriacos imprimen a sus marchas un estilo que podemos identificar con unos sonidos muy recortados, amplios crescendos en los finales de frase, bravura en los graves y un tempo muy enérgico. Ramón Benito nos ofreció una interpretación menos severa y sin excesos. Esta marcha fue premiada en el concurso organizado por Andreas Leonhardt en 1857. Casi una década después es muy posible que Anton Bruckner se inspirara en esta pieza para componer su Marcha militar en mi bemol mayor WAB 116 (1865), ya que presentan grandes similitudes en su estilo, estructura e instrumentación. Por este motivo, hasta el último tercio del siglo XX, continuaba apareciendo en el catálogo compositivo de Bruckner. Actualmente el error de autoría está resuelto a favor de Béla Kéler, quien fue nombrado desde 1856, director en Viena de la orquesta militar del 10º Regimiento de Infantería del Conde Alois Mazzuchelli, a quien dedicó la marcha. 

El norteamericano Alfred Reed (1921-2005) compuso la primera parte de la suite Danzas Armenias (1972) buscando en las tres mil canciones populares y danzas que el etnomusicólogo Gomidas Vartabed (1869-1935) recopiló sobre el terreno. La banda mostró todo su brillante potencial, aunque sin estridencias, desde la introducción de la primera sección «Tzirani Tzar» (El albaricoquero) en la que se enlazan tres melodías populares. Especial frescura imprimieron a la delicada melodía de la segunda sección «Gakavi Yerk» (La canción de la perdiz) destinada en origen para un coro infantil. Con una gran naturalidad rítmica discurrió la sección central «Hoy, Nazan Eem», una danza en compás de 5/8 con un patrón que combina repetidamente 3+2 con 2+3, en la que un joven entona un cariñoso canto a su amada Nazan. Elegante y solemne sonó la banda en la cuarta sección «Alagyaz», una expresiva canción popular cuyo nombre hace referencia a una montaña y que también le presta la denominación a un pequeño pueblo en el centro de Armenia. Aquí pudimos apreciar la majestuosa cuerda de tubas quienes cantaron su contrapunto con elegancia y buen gusto. Ramón Benito fue muy escrupuloso al respetar la indicación metronómica en el allegro vivo con fuoco de la última sección «Gna, Gna» (Vamos, vamos) huyendo así del efectismo de otras versiones en las que optan por un tempo más vivo para un mayor contraste con la sección anterior y una mayor espectacularidad para finalizar la suite.

La marcha de los soldados de madera op. 123 (1897) del compositor alemán de operetas y música ligera Léon Jessel (1871-1942) ha sido muy versionada, ya que cuenta con un largo recorrido desde su composición a finales del siglo XIX. Esta breve pieza de apenas tres minutos de duración, se popularizó desde comienzos de la década de 1910 en que se reeditó la partitura y comenzaron las grabaciones, entre ellas la de John Philip Sousa con The United States Marine Band. Durante la siguiente década, la exitosa revista El murciélago de Nikita Balieff, introdujo en uno de sus números la melodía de Jessel, lo cual supuso un importante espaldarazo por el gran éxito de público que tuvo la revista, tanto en los teatros parisinos como en los de Broadway. A finales de la década de 1930, Disney la lanzó de nuevo a la fama con el cortometraje de animación Polar Trappers (1938) para acompañar una escena en la que los pingüinos marchan detrás del pato Donald mientras intenta atraerlos a una trampa. Desde entonces han continuado las versiones, prueba de ello es la elaborada adaptación que interpretaron los músicos de Aviación, cuyo arreglista no consta en el programa, y que ejecutaron con buena chispa y garbo, aunque en ocasiones faltó algo de consistencia en el discurso, ya que la tan conocida melodía aparece en este arreglo muy fragmentada por las diversas cuerdas instrumentales. Se busca con esto el contraste tímbrico pero se requiere altas dosis de compenetración para que la fluidez discursiva no se resienta. 

José Manuel Izquierdo (1890-1951) compuso su Danza oriental con una estructura tradicional tripartita, en la que maneja magistralmente los matices como recurso estilístico para el contraste temático. La banda se adaptó bien a esta demanda de la partitura pudiendo resaltar el elegante piano del comienzo del trío, o el noble fuerte posterior en el que el conjunto mostró toda su energía, aunque con una sonoridad ligeramente escorada hacia los metales. Ramón Benito manejó notablemente la agógica, importantísima aquí para la claridad estructural de la pieza que además, contiene otros interesantes elementos como el bien ejecutado crescendo del timbal al inicio de la introducción, o el cambio al modo frigio en el trío, o la sorprendente escala descendente hexatónica de la coda, o el solo de oboe con el tema A que Enrique Sancho interpretó con sumo estilo alhambrista.    

Con el buen sabor de la festividad del patrón de Madrid, San Isidro, reciente en la memoria, comenzó la segunda parte con el madrileño pasacalle que José María Martín Domingo (1889-1961), subdirector de la Banda Municipal de Madrid durante tres décadas, compuso y tituló La kermés de Las Vistillas. Un pasacalle para una fiesta popular en un castizo barrio madrileño como son Las Vistillas, que los músicos de Aviación interpretaron con el garbo que requiere el estilo chulapo madrileño. Y de Madrid a un pequeño pueblo segoviano con la romanza de Germán «Ya mis horas felices y alegre vivir…» del primer cuadro de la zarzuela La del Soto del Parral (1927) con música de Soutullo y Vert. El rol de Germán, quien alerta con preocupación a Miguel por su futura boda, fue interpretado por Andreu Morell (bombardino) quien dijo su parte con elegante vuelo lírico, aunque no se lució lo que requiere la romanza debido a la transcripción elegida, cuyo autor tampoco consta en el programa, en la que fue acompañado innecesariamente por clarinetes y por el saxo tenor, quien remató el final de la romanza. 

Y de Segovia al Madrid de mediados del XIX con el fandango de Doña Francisquita (1923) con música de Amadeo Vives (1871-1932). Durante el tercer acto de la zarzuela y después de la canción del Marabú «A un jilguero esperaba» por Aurora la Beltrana, tiene lugar en la calle de Cuchilleros, el baile con este fandango de fuerte influencia dieciochesca. En él pudimos comprobar la buena compenetración entre trombones y trompetas o el salero y espectacularidad de las castañuelas, quien ya nos anunciaba el protagonismo de la percusión en la siguiente pieza. En Conga del fuego nuevo (2005) del mexicano Arturo Márquez (1950), los siete profesores percusionistas hicieron volar el ritmo durante toda la pieza, mediante un necesario trabajo de coordinación para hacer frente a la exigente partitura con bombo, bongos, campanas, chimes, claves, congas, güiro, lira, maracas, pandero, platos, quijada, tambor, timbales, triángulo, etc. Esta danza de origen afrocubano que las comparsas acostumbran a bailar durante los desfiles de carnaval en Hispanoamérica, se hizo muy popular como baile de salón en Norteamérica y Europa durante la década de 1930 por famosas bandas como la de Xavier Cugat. Márquez recoge esa tradición y la combina con unas melodías muy pegadizas, y además, con el dinamismo y la brillantez del ritmo de conga. También incluye elementos populares mexicanos como el mariachi en los solos de trompeta que interpretó Francisco Gordo con exquisita musicalidad y un fraseo más cercano a la tradición académica que a la popular de Jalisco.  

Y para concluir, de la misma manera que comenzaba esta reseña con las palabras de agradecimiento del final del concierto, el programa finalizó con una composición con la que se abren muchos recitales, es decir, un preludio. Así quiso terminar Ramón Benito el programa, con el preludio de la zarzuela El tambor de Granaderos (1894) con música del alicantino Ruperto Chapí (1851-1909). Si el compositor demuestra su gran pericia en la presentación y combinación de los tres temas de la zarzuela que utiliza en este preludio, Ramón Benito exhibió su habilidad en la forma con que los temas fueron expuestos. El buen manejo de los tempos y el control de los matices influyeron en la claridad con la que los temas fueron apareciendo y posteriormente se conjuntaron. Aunque la paleta de matices no fue muy amplia, la estructura del preludio quedó muy evidente y el conjunto sonó muy compacto en los fuertes finales, esta vez con un mayor equilibrio entre metales y maderas. 

Y para finalizar, el público que ocupó todas las sillas del centro de Servicios Sociales «Hospitalillo de San José», quedó muy satisfecho. Incluso los que se quedaron de pie en los soportales del austero patio mostraron su admiración con los músicos de Aviación y conformidad con las obras interpretadas. A pesar de que por algún problema de imprenta, no contamos con el programa de mano que el Ayuntamiento de Getafe tenía previsto proporcionar. Lo hizo la Banda de Música de Getafe en sus redes sociales, quienes también han participado en este mismo encuentro «Maestro Francisco Aguado» el pasado domingo 26 de mayo dirigidos por José Luis Bueno Cardeñosa.

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