Home Directores EL SÍNDROME TUTTIFÄNTCHEN. Reflexiones en un amanecer navideño.

http://www.pascualvilaplana.com/en/articulos/art/sindrome-tuttifantchen/32

EL SÍNDROME TUTTIFÄNTCHEN

Los amaneceres del día de Navidad renuevan el sentido de la calma. Tal vez sea la suerte de no estar en territorio de guerra y por ello permitirnos poder desearnos buenos augurios. En campamentos de refugiados, en hospitales o en asilos tiene que ser más difícil levantarse con una sonrisa de sosegada calma. Esa tranquilidad me ha llevado a recordar una preciosa y cruel leyenda alemana: Tuttifäntchen, una cuento infantil de Navidad que en 1922 musicó con ese perfecto equilibrio del artesano y del artista, el genial Paul Hindemith. Esta delicada y preciosista música me acompaña en esta alborada navideña mientras la ventana que tengo frente a mi ordenador me proporciona un horizonte de colores rojizos premonitores de un sol que avanza poderoso en su lucha contra la oscuridad. La leyenda cuenta la historia del titiritero Tuttifan, un reconocido constructor de títeres de madera, quien descubre una mañana de Navidad como una de sus marionetas ha cobrado vida: cuenta la tradición entre los titiriteros, que cada mil años hay en el mundo un muñeco de madera que adquiere vida. Tan emocionado está por tal honor que lo llama como a él, en diminutivo, Tuttifäntchen. La hija del titiritero, Trudel, se alegra de poder tener por fin un hermano. Pero la historia se complica, cuando el muñeco oye hablar de sentimientos a los que les rodean: alegría, tristeza, emoción,… Él no sabe lo que son, ni podrá saberlo nunca pues su tronco de madera no tiene corazón. Trudel suele salir al campo en las noches sin nubes por ver si cae alguna estrella: su mamá murió hace tiempo y la niña se reconforta creyendo que la lluvia de estrellas la provoca su querida madre desde el cielo. La marioneta no entiende nada pero decide acompañar a la niña y así poder quitarle el corazón mediante un encantamiento con el fin de experimentar todo aquel mundo de sensaciones que envuelven a la pequeña.

Realmente hay cuentos infantiles de una crueldad terrible. Sin embargo, en los últimos días, las noticias de nuestro mundo, sin ser un cuento fabulado, nos han traído padres que envían a sus hijas con bombas en la cintura para que se inmolen delante de un grupo de gente en homenaje a no se que dios absurdo y vengativo. Hemos sido testimonios de crímenes crueles contra mujeres por parte de quienes dicen quererlas demasiado y abogan por creerse superiores a ellas. En un mercadillo de Navidad, la ilusión se ha visto truncada por la llegada de un camión asesino de emociones. También hemos asistido a la muerte emocional de tanta gente solidaria ante el caso de una niña enferma cuyos padres negociaban supuestamente con esta situación sin el más puro respeto, al menos, por su propia hija. En los espacios de noticias televisivas se dedica un tiempo absolutamente excesivo a las lesiones musculares o a las vacaciones de futbolistas millonarios y malcriados, mientras pasan de soslayo las imágenes de niños polvorientos, llenos de heridas sanguinarias y emocionales en mitad de una ciudad aniquilada por la barbarie y la ignorancia. Ante tales hechos y muchos más que nos rodean me planteo si tal vez se han cumplido los mil años de la tradición navideña en la que cobran vida muñecos de madera, o si tal vez, esta periodicidad se ha visto reducida y ahora nacen infinidad de seres con un gran vacío de órganos en la caja torácica. Quiero pensar que se trata de muñecos de madera que simplemente viven con usos básicos de movimiento, pero no tienen incorporadas las funciones esenciales de la vida. Ni sienten ni padecen. Son fruto de un ser vivo, pero ellos se han convertido en seres inertes que sólo caminan.

La historia de Tuttifäntchen, que influenció a Carlo Collodi para escribir su famosísima historia sobre Pinocchio, concluye con la fusión del muñeco de madera abrazado a un árbol del bosque, del cual lo habían tallado. Así mismo, Tuttifan encuentra a su hija sin corazón a los pies del árbol. Para volverla a la vida, una estrella caída del cielo le indicará el lugar en donde el muñeco tiró el corazón de la pequeña, pues no supo utilizarlo. Finalmente Trudel es devuelta a la vida y el titiritero ya no espera nada más que lo que la propia vida ofrece. En estos días que todos esperamos unos magos llenos de regalos, unos soberanos de Oriente que siguiendo a una estrella buscan una razón para su camino, me parecía toda una alegoría de esperanza poder escribir una carta a los Reyes Magos pidiendo que nos indiquen donde está el corazón caído de algunos troncos de madera que nos rodean sin alma. Me pregunto si realmente el mesías nacido en un humilde pesebre señalado por una estrella, no es más que un símbolo de la fuente de emociones que el mundo necesita.

La cuna hecha con heno y pajas, desde la humildad, es símbolo de lo que buscamos encarecidamente para entender esta situación de tránsito a la que llamamos vida. Y los tres reyes, tal vez sean tres eminentes sabios que buscan al final de la estela celeste la razón última de su trabajo científico: usar la ciencia para el ser humano, aquel que tiene la capacidad de emocionarse. Y lo revestiremos cada uno como queramos, con religiosidad, con paganismo, con fe, con anhelos, con utopías, con tradición, pero siempre pensando que vivir es algo más que poner en movimiento un cuerpo físico.

Tuttifäntchen cobró una vida vacía. Se movía, tenía poderes para hacer mover a los árboles de Navidad, pero no sabía lo que era emocionarse. El corazón que consigue sacar una sonrisa u una simple mirada de felicidad en cuerpos débiles que en ocasiones dependen de los demás para moverse, es el mayor de los tesoros que podemos buscar y anhelar, y se convierte en savia renovadora y alimento del alma. La etimología de la palabra emoción hace referencia a un movimiento que nace desde dentro para compartirlo hacia fuera. Ojala los magos de Oriente o la propia existencia nos traiga el regalo de la emoción, o al menos, nos proporcione la estrella que nos haga seguir caminando con fuerza para poder encontrarla. La música y el resto de las artes nos pueden ayudar a ello. Felicidad para todos y que los reyes vengan cargados de emociones.

José R. Pascual-Vilaplana

Cocentaina, 25 de diciembre de 2016

Deja un comentario